Pequeña Oda a la contemplación

Caspar David Friedrich, WANDERER ÜBER DEM NEBELMEER (1818)

Decía el prosista español Azorín que „hace tres siglos un poeta contemplaba el paisaje y lo describía impersonalmente... Ahora no, paisaje y sentimientos son una misma cosa; el poeta se traslada al objeto descripto, y en la manera de describirlo nos da su propio espíritu”. Se referiría aquí a la esencia del espíritu romántico, de cómo el ser del artista se fundía con el paisaje. De cierta forma artista y paisaje, artista y objeto son la misma cosa. Y aunque esta apreciación no va vinculada a lo que fue el núcleo del romanticismo fundacional, pudiera afirmarse que, parte de esa idea preestablecida que hace del alma del romántico el ejemplo más fundamentado. Qué es la pintura de Caspar David Friedrich "Caminante sobre el mar de niebla" sino un acto de contemplación rezumado. Digamos que todo poeta en la modernidad y aún los contemporáneo han sido tentados por esa forma tan intensa de apreciar la realidad. Menos Rimbaud , que estaba en otra dimensión. 

Pero lo importante aquí no es el romanticismo y su esencia trans-temporal, sino cómo ese espíritu se forjaba en los ritmos propios de la contemplación. Para el materialismo pre- marxista la contemplación era contraria a otras actividades que sustentaban una vida terrenal. La contemplación y el hacer teóricos eran elevados. Esa idealización de la vida social y la historia sería quebrada por una visión materialista de la misma que diluyó esa dicotomía entre lo contemplativo y la acción, o al menos, el valor que el hombre ilustrado le fue otorgando a la contemplación en varias esferas de la actividad humana. 

Atravesando la modernidad y después de las revoluciones materiales y tecnológicas el ritmo de las sociedades se ha acelerado y la actividad teórico o contemplativa está concatenada de tal manera con la actividad práctica, que está necesariamente se encuentra sumergida  en determinadas metodologías dentro de la ciencia y el arte.

Pero, qué sería la contemplación para un individuo del 2020? Ir a la orilla del lago y apreciar sus riveras calmas, salir de excursión a las montañas y presenciar la caída del sol desde alguna cúspide, iniciarse en la meditación son todas estas actividades asociadas con el contemplar; pero más bien conectadas con un ritmo, un ritmo de percepción, de aprensión del mundo y de conocimiento de uno mismo. 

 

Hoy, cuando detenernos frente a una imagen más de dos minutos nos resulta imposible, la apreciación de una obra de arte en un museo en un tiempo mayor es casi un acto terapéutico. Nuestra vida no sólo está relacionada con el ritmo con que producimos o hacemos uso de nuestro tiempo, sino con el ritmo que consumimos las imágenes.

 

En un mundo superpoblado de imágenes estas ya no se contemplan, sino que se „scrollan“  con la mirada. Con suerte se almacenan, cuando más, se olvidan. Las imágenes  pasan como la corriente de un rio que fluye ante nuestros ojos. 

 

En tiempos alterados a esta lógica, el tiempo de los penitentes, los que esperan, los que guardan reposo o sufren confinamiento producto de una pandemia es la contemplación un ejercicio saludable. Es reencontrarnos de manera lenta con ese ritmo que ya no existe, no existirá , pero que puede ser representado: el tiempo de la contemplación y que aún poetas, jóvenes artistas, espectadores desprejuiciados pueden remedar.

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