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Venecia: una Bienal atravesada por el duelo, la guerra y la disputa institucional.

La 61.ª Bienal de Arte de Venecia, In Minor Keys, no puede leerse únicamente como una gran exposición internacional. Desde antes de abrir sus puertas, la edición quedó marcada por una sucesión de crisis que transformaron su marco curatorial y político. La exposición fue concebida por Koyo Kouoh, curadora camerunesa-suiza y primera mujer africana nombrada para dirigir la Bienal. Kouoh murió repentinamente en mayo de 2025, cuando el proyecto ya estaba en desarrollo, dejando una situación inédita para la institución. La Bienal decidió continuar su propuesta de forma póstuma junto al equipo curatorial que ella había reunido.


Ese gesto preservó su arquitectura intelectual, pero también convirtió la exposición en una obra atravesada por el duelo y por la pregunta sobre quién puede hablar en nombre de una curadora ausente. In Minor Keys propone atender voces, memorias y formas de resistencia que suelen quedar fuera de los relatos dominantes del arte global. Sin embargo, la propia Bienal entró rápidamente en tensión con ese planteamiento.


Poco antes de la inauguración, el jurado internacional dimitió en bloque tras anunciar que no consideraría para los premios a representaciones nacionales vinculadas a gobiernos cuyos líderes enfrentaran órdenes de arresto por crímenes contra la humanidad. La medida afectaba especialmente a Rusia e Israel. La administración de la Bienal rechazó esa posición y defendió que ningún pabellón nacional debía ser excluido. El conflicto dejó en suspenso la entrega tradicional de los Leones de Oro y expuso los límites de una institución que se presenta como espacio de intercambio cultural, pero depende también de Estados, diplomacias y políticas nacionales.


La protesta continuó durante la apertura. Artistas de la exposición central realizaron acciones colectivas contra la participación de Israel, mientras varios pabellones nacionales cerraron parcial o completamente como gesto de solidaridad con Palestina. Hubo también intervenciones contra la presencia rusa y críticas a la utilización de la Bienal como plataforma de legitimación estatal en un contexto de guerra. Más de setenta artistas retiraron posteriormente su participación de los premios alternativos organizados por la institución, y algunos amenazaron con acciones legales para exigir que se respetara su retirada.


En este clima, la fuerza de In Minor Keys reside menos en ofrecer una imagen conciliadora del arte global que en hacer visible la fractura entre discurso y estructura. La Bienal habla de escucha, vulnerabilidad, memoria y reparación, pero se desarrolla dentro de un sistema donde las decisiones institucionales, los intereses nacionales y la violencia geopolítica siguen condicionando quién puede participar, ser premiado o representado. Venecia aparece así no como una celebración neutral del arte contemporáneo, sino como un escenario donde el conflicto mundial irrumpe directamente en la exposición.

 
 
 

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