Frente  al infinito

por 
Ley MA
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 El 23 de noviembre del 2020 se conmemoró un centenario del natalicio de Rafael Soriano: una de las figuras claves del arte visual cubano, latinoamericano, y muchos pudieran considerar también del universal. Precursor de la abstracción geométrica en Cuba; integrante del grupo Diez Pintores Concretos; cuya obra evolucionó hacia una abstracción de tintes surrealistas y expresionistas. Fundador de la Escuela Provincial de Artes Plásticas de Matanzas, donde fomentó la investigación y la experimentación durante el período en que fungió como su director. 

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A lo largo de la historia muchos han estigmatizado al artista de ser bohemio, vago, de no aportar algo a la sociedad en términos de supervivencia; razón por la cual (los más radicales) han considerado que se podría hasta prescindir de esta figura. Pero las circunstancias actuales donde un virus ha alterado ese supuesto orden de las cosas, esa “normalidad” ya de por sí caótica, puede haber hecho reflexionar a varias de esas personas sobre la utilidad del arte, y por ende, del artista.

 

Y es que un encierro físico, cualquiera sean esta sus condiciones se hace más soportable mediante la liberación de la mente y el espíritu; y es ahí donde el arte resulta esencial e imprescindible.

Soriano experimentó emociones y sentimientos similares a los que muchos de nosotros estamos sufriendo debido a esta crisis epidemiológica mundial. Las circunstancias políticas, culturales y sociales tras el Triunfo de la Revolución Cubana lo llevaron a emigrar hacia Estados Unidos en 1962. 

 

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Soriano

Lejos de su tierra natal donde había alcanzado la cúspide de su carrera artística, tiene que reinventarse en un contexto ajeno. Su perseverancia por salir adelante hizo que trabajara como diseñador gráfico para la Editorial América y como profesor en la Oficina Católica de Bienestar Social y en la Universidad de Miami.

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Sus deseos de retornar a la Isla se fueron convirtiendo en una imposibilidad difícil de asimilar. Durante un tiempo, dicha frustración bloqueó el poder canalizar su sentir y sus pensamientos a través del arte. Pero poco a poco en las noches, luego de realizar los trabajos que le permitían subsistir a él y a su familia, comenzó su búsqueda interior a través de la pintura. En la tranquilidad del hogar, en la soledad nocturna y en la quietud propia de cuando se está en el ojo de un ciclón, comenzó a emerger su Yo en una nueva abstracción alejada visualmente de su producción anterior.

 

Volviendo un tanto atrás, a pesar de que a finales de los años 50’ el arte concreto alcanzaba su mayor madurez en Cuba, desde ese entonces son cuestionados los valores de este lenguaje por el intelectual político Juan Marinello en su ensayo „Conversación con nuestros pintores abstractos“. La Revolución Cubana que triunfa en 1959 comienza a promover maneras de pensar como la mencionada y reedita dicho ensayo como libro en 1960 y 1961; incluso, también años después. De tal modo, la pintura figurativa, conveniente a los objetivos y líneas de pensamiento del naciente proceso político-social, encontró el respaldo de las instituciones estatales pertinentes.

 

Soriano comienza a padecer cómo su libre expresión era coartada; y cómo ese lenguaje artístico que otros al igual que él habían escogido para exponer sus inquietudes, visiones y emociones,  comenzaba a ser estigmatizado.

 

Por una parte, tuvo que abandonar su patria, amada donde no veía una posibilidad de que su arte continuara transformándose; y por otra, se encuentra luego en un contexto donde inicialmente, todo lo que había logrado hasta el momento en el ámbito artístico no era reconocido en gran medida.

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Durante sus primeros años en el exilio, se encontró en un punto de incertidumbres, cuestionamientos, desasosiego, reconocimiento y asimilación. Muchas personas desde el 2020, hemos llegado a encontrarnos paralizados en ese punto; sorprendidos por una pandemia que cambió la realidad conocida y que nos ha hecho sentir en múltiples momentos que perdemos cierto control de nuestras vidas. 

Pero tales circunstancias de crisis extrema nos motivan a emprender una búsqueda interna profunda. Y así lo hizo Soriano, escudriñó en su mente, conectó con su alma, e inició un viaje complejo y lleno de contradicciones. El resultado fue una obra pictórica abstracta donde paulatinamente iba dejando atrás lo geométrico y aquella visualidad cercana al diseño. Comienza a crear figuras biomórficas inmersas en una infinita y silenciosa oscuridad. Gran parte de su dolor y angustia está en esas sombras; pero al mismo tiempo, la luz propia que comprenden sus figuras, nos habla de seres que han alcanzado la liberación mediante un difícil proceso de cambio. Figuras laberínticas, enrevesadas, misteriosas, inescrutables, como lo puede ser la propia naturaleza humana; que una y otra vez parecen volverse sobre sí mismas en medio de una metamorfosis constante. Formas que se contienen unas a otras, que se transparentan sin permitir que las definamos del todo.

En parte considerable de su obra, desde los 70’ hasta cerca del año 2000, Soriano intentó reflejar la esencia de las cosas, el Absoluto; compartir una sabiduría que reconoce con la aprehensión de cada experiencia y vivencia, un desconocimiento del infinito. Cautivado por el pensamiento filosófico de Nicolás Cusano y por los logros alcanzados en la “Era espacial”, persigue captar en varias pinturas la belleza enigmática del universo. Muestra la posibilidad de existencia de “otros mundos”, de otras entidades (espirituales, divinas o extraterrenales). El misticismo que emana en la producción de este período pudiera deberse también a cierta influencia de un pariente cercano amante de la Teosofía

 

Existe un movimiento contenido en la mayoría de estas pinturas, ese movimiento continuo que nos ratifica a diario la existencia de “Todo”; a la vez que reflejan serenidad y reposo, propios de un profundo estado meditativo.

 

Aun cuando su pintura nos puede transmitir soledad, el temor del olvido, saturación, negación de la realidad, incertidumbre, desesperación, el desgarramiento que conlleva separarse de lo amado y a lo que se está aferrado inmensamente; también refleja la magia de ese tiempo cíclico pero siempre diferente de la vida. Nos muestra que las experiencias dolorosas albergan caminos de luz.

 

Muchas de sus figuras constituyen una compleja red de conexiones. Resulta curioso la sintonía de Soriano con uno de los principios del siglo XXI (conectividad y comunicación), que asumiéndolo positivamente nos ha permitido hacerle frente a la actual crisis global. Asimismo, en su trabajo puede percibirse una espera, pero forjada por una paciencia activa, alerta, que permite captar y aprovechar la sorpresa de cada instante que comprende el sueño quimérico del futuro. Representa naves que se dirigen hacia otras dimensiones; que logran cargar consigo recuerdos y acortar distancias en la búsqueda del infinito. 

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